Un verano más que se pasa y termina mi periplo islandés. Esta vez no voy a contaros nada sino que voy a dejarle la palabra a una de las viajeras que ha recorrido el país conmigo en uno de mis grupos. Su carta me ha emocionado y creo que es el mejor ejemplo de lo que un viaje debe suponer para una persona que busca explorar un lugar nuevo. Aquí teneís su texto acompañado de algunas de mis fotografías. Más fotos en el enlace del final. Saludos, Gundi.
.
Islandia,
allí donde las ovejas siempre van de tres en tres.
allí donde las ovejas siempre van de tres en tres.
para Gundi con cariño, y para todos los geniales compañeros de este viaje,gracias.
Hace apenas unos segundos que hemos despegado de Keflavik, habiendo hecho un giro a babor que ha hecho que mi rostro se pegue aún más a la ventanilla del avión, desde la cual veo por última vez, la perfectamente recortada costa de Islandia.
Me siento vacía, como si hubiera vivido una historia de amor brutal de quince días, aún sabiendo desde el primer minuto que tendría fecha de caducidad, y muy pronta además. He intentado disfrutar de todo, y lo he conseguido en gran parte, y ahora, cuando la silueta de la isla se hace cada vez más pequeña, me siento así, vacía.
Desde mi ventanilla, ya sólo veo Mar; entrecierro los ojos para intentar dormir, pero sólo consigo soñar. Como en una caja de sorpresas de esas de las que sale un muelle con la cabeza de un payaso, se ha abierto de golpe la tapa del recuerdo, y las imágenes de la isla han invadido mi mente.
Todos los colores, desde el rojo del pico de los frailecillos que hemos avistado reptando por las laderas de las islas Vestmannaeyjar, hasta el verde de la hierba y el musgo que forman una perfecta alfombra en la lava, y que tan difícil es de reproducir con la cámara de fotos.
Me viene de repente el olor del Mar, y aparece en mi retina de nuevo su azul transparente, y el otro azul, el del cielo despejado en estos días tan soleados que el destino nos ha regalado.
El sol me da de cara en mi asiento del avión, y yo sueño entonces con todas las tonalidades del eterno atardecer en aquella playa de Kópaskeri, y con el color de la tierra volcánica de Landmannalaugar.
Decido pintar con un poco de blanco mi cuadro improvisado recordando la ascensión a Skaftafellsjökull una de las lenguas del gigantesco glaciar Vatnajökull, y sonrío al recordar mi forma de abrir los ojos al máximo, como si fueran el diafragma de la cámara, y aquel deseo de que no se me olvidara mientras viviera el momento en que la inmensa masa de hielo apareció ante mí. Cuando tocó deshacer el camino andado, recuerdo que caminaba volviendo la cabeza atrás a cada paso, para cerciorarme que la majestuosa visión había sido real.
Según como incida la luz en el hielo, y el reflejo que esta haga, hay veces que se torna de un azul turquesa tan perfecto como el de la piedra preciosa que le da nombre. Es un color que se ve, y se siente muy dentro en el Mar de hielo de Jökulsárlon.
Agua, fuego, tierra y aire, los cuatro elementos creadores de toda vida están allí, agitados en una coctelera y dispuestos al azar por toda la isla. Así, un volcán duerme bajo un glaciar, y a veces de la tierra surgen aires de fuego y vapores de agua, hasta que un día sorprende una erupción que hace que el paisaje cambie, y vuelva a crearse de cero toda esa naturaleza viva que duerme entre la lava y la ceniza del volcán, y sobrevive a las riadas que produce el deshielo del glaciar.
El arcoiris salta de la caja de sorpresas para adornar cada cascada, desde Seljalandfoss, que fue la primera cascada de verdad que han visto mis ojos hasta Dettifoss, la más poderosa de Europa.
Acabo de ver en una esquinita del cuadro un barco, en día soleado. Desde él se ven los picos nevados de los montes que rodean Húsavik y las ballenas y delfines saltando a su alrededor. Junto a las focas, que viven en la costa norte, y las ovejas, que aquí siempre van de tres en tres, estos animales dan vida a los cuatro elementos, y se alimentan de ellos retroalimentando a su vez el color del paisaje. Campos verdes sembrados de ovejas, caballos de un rubio imponente o de negro azabache, charranes árticos sobrevolando el cielo y acariciando las nubes con sus perfectas alas blancas…Yo también intenté tocar el cielo en la subida al Hekla, uno de los más temidos volcanes, y llegué a sentir que palpaba el fuego con la punta de mis dedos.
Empieza a anochecer sobrevolando la Bretaña francesa, y ya al llegar a Madrid y atravesar la alfombra de nubes, el sol se rinde, y decide acostarse, por fin, después de quince días.
Y es aquí y ahora, en esta negra noche recién estrenada, cuando y como en una de las mejores canciones del maestro Sabina, dos lágrimas, una por mejilla, ruedan por mi rostro al descubrir, que en esta historia de amor, al punto final de los finales no le siguen dos puntos suspensivos.
en algún lugar del cielo,
treinta y uno de julio de dos mil diez
Sole potter
Me siento vacía, como si hubiera vivido una historia de amor brutal de quince días, aún sabiendo desde el primer minuto que tendría fecha de caducidad, y muy pronta además. He intentado disfrutar de todo, y lo he conseguido en gran parte, y ahora, cuando la silueta de la isla se hace cada vez más pequeña, me siento así, vacía.
Desde mi ventanilla, ya sólo veo Mar; entrecierro los ojos para intentar dormir, pero sólo consigo soñar. Como en una caja de sorpresas de esas de las que sale un muelle con la cabeza de un payaso, se ha abierto de golpe la tapa del recuerdo, y las imágenes de la isla han invadido mi mente.
Todos los colores, desde el rojo del pico de los frailecillos que hemos avistado reptando por las laderas de las islas Vestmannaeyjar, hasta el verde de la hierba y el musgo que forman una perfecta alfombra en la lava, y que tan difícil es de reproducir con la cámara de fotos.
Me viene de repente el olor del Mar, y aparece en mi retina de nuevo su azul transparente, y el otro azul, el del cielo despejado en estos días tan soleados que el destino nos ha regalado.
El sol me da de cara en mi asiento del avión, y yo sueño entonces con todas las tonalidades del eterno atardecer en aquella playa de Kópaskeri, y con el color de la tierra volcánica de Landmannalaugar.
Decido pintar con un poco de blanco mi cuadro improvisado recordando la ascensión a Skaftafellsjökull una de las lenguas del gigantesco glaciar Vatnajökull, y sonrío al recordar mi forma de abrir los ojos al máximo, como si fueran el diafragma de la cámara, y aquel deseo de que no se me olvidara mientras viviera el momento en que la inmensa masa de hielo apareció ante mí. Cuando tocó deshacer el camino andado, recuerdo que caminaba volviendo la cabeza atrás a cada paso, para cerciorarme que la majestuosa visión había sido real.
Según como incida la luz en el hielo, y el reflejo que esta haga, hay veces que se torna de un azul turquesa tan perfecto como el de la piedra preciosa que le da nombre. Es un color que se ve, y se siente muy dentro en el Mar de hielo de Jökulsárlon.
Agua, fuego, tierra y aire, los cuatro elementos creadores de toda vida están allí, agitados en una coctelera y dispuestos al azar por toda la isla. Así, un volcán duerme bajo un glaciar, y a veces de la tierra surgen aires de fuego y vapores de agua, hasta que un día sorprende una erupción que hace que el paisaje cambie, y vuelva a crearse de cero toda esa naturaleza viva que duerme entre la lava y la ceniza del volcán, y sobrevive a las riadas que produce el deshielo del glaciar.
El arcoiris salta de la caja de sorpresas para adornar cada cascada, desde Seljalandfoss, que fue la primera cascada de verdad que han visto mis ojos hasta Dettifoss, la más poderosa de Europa.
Acabo de ver en una esquinita del cuadro un barco, en día soleado. Desde él se ven los picos nevados de los montes que rodean Húsavik y las ballenas y delfines saltando a su alrededor. Junto a las focas, que viven en la costa norte, y las ovejas, que aquí siempre van de tres en tres, estos animales dan vida a los cuatro elementos, y se alimentan de ellos retroalimentando a su vez el color del paisaje. Campos verdes sembrados de ovejas, caballos de un rubio imponente o de negro azabache, charranes árticos sobrevolando el cielo y acariciando las nubes con sus perfectas alas blancas…Yo también intenté tocar el cielo en la subida al Hekla, uno de los más temidos volcanes, y llegué a sentir que palpaba el fuego con la punta de mis dedos.
Empieza a anochecer sobrevolando la Bretaña francesa, y ya al llegar a Madrid y atravesar la alfombra de nubes, el sol se rinde, y decide acostarse, por fin, después de quince días.
Y es aquí y ahora, en esta negra noche recién estrenada, cuando y como en una de las mejores canciones del maestro Sabina, dos lágrimas, una por mejilla, ruedan por mi rostro al descubrir, que en esta historia de amor, al punto final de los finales no le siguen dos puntos suspensivos.
en algún lugar del cielo,
treinta y uno de julio de dos mil diez
Sole potter
.


.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)